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Sigfrido, Historia héroe derrota al dragón Fafner - Mitología Nórdica



Siglinda, en su huída a través de los bosques llevando consigo al recién nacido Sigfrido y los trozos de la espada de Segismundo, encuentra al fin albergue en la fragua del enano Mime. Allí fatigada y presa de un terrible mal, muere, no sin antes encomendarle a Mime el cuidado de su hijo y su espada rota. Ese enano, no es otro sino Mime, el hermano de Alberico, el mismo que construyó para éste el mágico yelmo, parte del tesoro de los nibelungos. Toda su aspiración en la vida es llegar a poseer el yelmo, el anillo y las riquezas, para con ellos adueñarse de las fuerzas de Plutón, por las cuales ha estado desviviéndose durante el breve reinado de Alberico. Mime, es un viejo miedoso y astuto, sutil, demasiado débil para pensar en poder por sí solo despojar al gigante Fafner que guarda todos aquellos tesoros en una roca, transformado en un dragón. Mime necesita, pues, la ayuda de un héroe para realizar sus planes. Es lo suficientemente astuto para saber que es muy posible -sobre todo por lo que hace al mundo de los mortales- que ello llegue a realizarse y que se pueda sacrificar la juventud y el valor por la avaricia senil y el deseo escondido de imperar con ellos en el mundo. Conoce la ascendencia del niño que la suerte o el destino ha dejado en sus manos y lo educa y amaestra con toda clase de cuidados, por los cuales obtiene inmejorable recompensa. El niño Sigfrido, como no tiene ningún dios que le enseñe el dolor ni la tristeza, no sabe nada de la tragedia de su padre, pero hereda de él el valor y el atrevimiento. El miedo que hacía palidecer a Segismundo y el desgraciado destino que lo hizo morir, no los conoce el hijo. El padre era crédulo y agradecido: el hijo no conoce más ley que su capricho; detesta al repugnante enano que lo ha criado; se irrita cuando éste le pide que sea más cariñoso con él que tan solícito se le manifiesta siempre, y, en una palabra, es un ser amoral, un anarquista nato, el ideal de Bakounine, un precursor del “superhombre” de Nietzsche. El tal Sigfrido es hercúleo, lleno de vida y de vigor, terriblemente irónico, salvajemente enemigo de todo lo que no le gusta y apasionado por lo que le atrae. Por fortuna lo que no le gusta es lo feo y lo que le apasiona es lo bello. En una palabra: es un mozo de las selvas, sin nada de espiritualidad, un hijo de la mañana, con el cual la raza de los héroes ha llegado a su cenit viviendo desde las negruras de los enredos de sus reales antepasados con la Ley, y de la noche en que su padre hubo de morir luchando.

Sigfrido crece en compañía del enano Mime, a quien desprecia con el tiempo

La fragua o herrería de Mime es una cueva donde él se esconde de la luz, lo mismo que los monstruos marinos, sin ojos, de América se ocultan en sus cavernas. Con el objeto de que Sigfrido venza al gigante Fafner que ha adquirido forma de temible dragón, Mime está empeñado en hacer una espada lo suficientemente poderosa. Mime puede forjar poderosas espadas; pero no será con la espada forjada por un enano, que el hombre-héroe podrá abrirse su propia vía por el mundo a través de las religiones, de los gobiernos, de las plutocracias y todas las demás invenciones del reino del miedo y de la cobardía. Una a una, Sigfrido va rompiendo todas las espadas que Mime ha forjado y el muchacho furioso por esos fracasos, toma al pobre diablo por las orejas y lo brutaliza cruelmente. En el momento de descorrerse la cortina, el acto empieza con una de esas escenas domésticas. Mime ha llevado a cabo uno de sus mejores trabajos, terminando de forjar una espada que es mejor que todas las anteriores. Sigfrido se fija en la espada, ya terminada, y que no tarda tampoco en saltar hecha pedazos, provocando en él el disgusto consiguiente. Como siempre, también, insulta al infeliz enano y le dice que debió haberle roto la espada en la cabeza, lo que de buena gana hubiera hecho si no hubiese temido ensuciarse las manos tocándolo.

Mime aduce su defensa de todas las veces: una larga y lastimera tirada de lamentaciones recordando todos los cuidados y desvelos que soportó para educarlo paternalmente. Sigfrido contesta ingenuamente que lo más extraño de todos esos sacrificios y cuidados que le ha dedicado, es que no haya enseñado a ser agradecido y que se sienta constantemente impulsado a echarse encima del enano para estrangularlo. Reconoce únicamente que siempre vuelve a la cueva, al lado de Mime, a pesar de que lo aborrece más que a ninguna otra cosa del bosque. Sobre esa confesión, el enano intenta edificar un teoría acerca del afecto filial, añadiendo que es el padre de Sigfrido y que por eso éste no puede pasarse sin él. Pero Sigfrido ha aprendido de sus compañeros del bosque, los pájaros, los zorros y los lobos, que las madres son tan necesarias como los padres para tener hijos. Mime viéndose cogido así, contesta que el hombre no es lo mismo que el pájaro o que el zorro y afirma que él es a la vez el padre y la madre de Sigfrido. Pero éste lo trata de embustero desvergonzado, pues también ha visto en los pájaros y entre los animales, que los hijos se parecen a los padres, lo que no sucede con él, pues él se ha visto la cara en el agua y puede afirmar que se parece tanto a Mime como un sapo a una trucha. Y con el objeto de hacerle hablar y decir todo lo que sepa, toma a Mime por el cuello y trata de ahogarlo, pidiéndole que hable. Por fin lo suelta. Cuando el enano se recobra un tanto, se siente más miedoso y cobarde, cuenta al muchacho toda la historia de su ascendencia y para comprobarlo le muestra los pedazos de la espada que Wotan rompió con su lanza. Inmediatamente, Sigfrido le ordena que recomponga esa espada bajo la pena de que si no lo hace lo dejará mullido a palos, y echa a correr al bosque lleno de alegría porque al fin ha logrado saber que no tiene ningún parentesco con Mime del cual quiere desentenderse por completo cuando tenga la espada recompuesta en su poder.

Odin, en su aparición con el sombrero de ala ancha caida

El pobre Mime se queda ahora con mayor angustia que nunca, pues sabe que aquella espada pondrá en dura prueba a su pericia: aquel acero será rebelde a su martillo y a su fragua. En ese momento hace su aparición un Viajero, con una amplia capa azul, lanza en mano, y caída el ala del ancho sombrero sobre el ojo que le falta. Mime, que por naturaleza, no es nada hospitalario, trata de echarlo de allí, pero el Viajero le dice que le atienda, que es un hombre prudente y docto, y que, a la larga, puede contarle cosas que le interesarán mucho. Mime escucha esa proposición con marcada ojeriza porque sin duda aquel desconocido sabe mucho más que él y a su vez le anuncia algo que el otro tampoco esperaba: a saber, que salga por la puerta y que se vaya de una vez. El imperturbable Viajero contesta sentándose y proponiendo al enano un juego de adivinanzas ingeniosas y difíciles. El mismo apuesta su cabeza contra la del enano a que contestará a tres preguntas que éste le haga.

Esta sería, pues, la ocasión propicia para que Mime se pudiera ilustrar sobre lo que todavía necesita saber, ya que pretende conocerlo todo. Pero en ese momento nada le interesa, a no ser el arreglo de la espada según le han ordenado, y, sobre todo, saber cómo habrá de ingeniarse para llegar a aquél resultado. Precisamente aquel desconocido cae en ese momento oportuno ante su presencia y podría decírselo, ya que desde un principio le advirtió que puede ponerle al corriente de lo que le interese saber. Otro hombre, en su lugar, se hubiera precipitado a mostrar su ignorancia sobre tres puntos capitales para ilustrarse sobre ellos. El enano, pasándose de estúpidamente listo, piensa al fin poner a prueba la sabiduría o la ingeniosidad de su huésped y, así le hace tres preguntas sobre tres cosas que él mismo conoce perfectamente. Esas tres preguntas son: ¿Quién habita debajo de la tierra? ¿Quién habita en la superficie del globo? ¿Quién habita entre las altas nubes? El Viajero le contesta que en el fondo de la tierra moran Alberico y los enanos; en la superficie del globo, los gigantes Fasolt y Fafner y en las nubes los dioses y Wotan: es decir el mismo que habla pues ahora Mime lo reconoce con espanto.

Sigfrido, pensando, en la plenitud del bosque

Después, es Mime el que tiene que responder a otras tres preguntas: ¿Cuál es la raza más querida para Wotan y contra la cual, no obstante, ha reconcentrado todo su odio? Mime le contesta que conoce a los Velsas, la raza de los héroes surgida de la infidelidad de Wotan para Fricka y puede referir toda entera la historia de los dos hermanos gemelos y de su hijo, que es Sigfrido. Wotan le felicita por lo que sabe y pregunta: ¿con qué espada matará Sigfrido a Fafner? Mime le contesta que conoce al dedillo la historia de Nothung y, en efecto, la refiere. Wotan lo agobia con sus cumplimientos y alabanzas por todas las cosas que conoce y le dispara a quemarropa la última pregunta que es la misma que el enano se había hecho a sí, hace un momento: ¿Quién compondrá esa espada? Mime, fracasado todo su talento, confiesa que no lo sabe. El Viajero le da una oportuna reprimenda por su excesiva estupidez en preguntar lo que sabía demasiado bien y le anuncia que sólo el que desconozca el miedo podrá soldar la espada Nothung. Con esto, y advirtiéndole que queda empeñada su exhausta cabeza de enano, el Viajero sale de la fragua para perderse en el bosque. Mime se siente presa del mayor espanto y ansiedad. Cae en una especie de delirio, en cuyo punto álgido llega Sigfrido buscándolo imperiosamente.

Le sigue luego una curiosa y divertida conversación. Sigfrido no conoce el miedo y está impaciente por ver terminado lo que ordenó. Mime no puede con su miedo: todo el mundo es para él una verdadera pesadilla que le sume en un terror profundo. Este no nace precisamente de que pueda ser devorado por los osos del bosque, o porque se pueda quemar las manos en la fragua. Una amenaza material, por grave que sea, no hace cobarde a ningún hombre: al contrario, es el reactivo para hacer de él un hombre ingenioso y cauto. Pero en Mime el miedo no es un efecto natural del peligro: es una cualidad de su carácter que no le permite creerse seguro con nada. Es el mismo caso de un propietario de un diario que tuviese el gran cuidado de no publicar nunca la verdad por clara y sencilla que fuese, mientras no fuese obvio para él y para sus lectores. Si la publicase, nada habría de sucederle que fuese desagradable, sino que, al contrario, podría llegar a ser, persistiendo todo lo más posible en ese proceder, un mentor influyente en la opinión pública; pero no lo hace sólo porque vive en un mundo lleno de imaginarios terrores, acostumbrado a desconfiar, modesta y elegantemente de su propia fuerza e inteligencia y, por lo tanto, hecho a dudar también del valor de su propia opinión. De modo que Mime se asusta y duda de todo lo que puede serle bueno, especialmente de la luz y del aire fresco. Así también está convencido de que cualquiera que no sea lo suficiente miedoso como para precaverse contra el mismo miedo, perecerá necesariamente la primera vez que se aventure por el mundo. Y, con el propósito de evitar a Sigfrido semejante desgracia, para la que lo ve destinado, trata de enseñarle grotescamente, lo que es el miedo. Y, en efecto, hace un llamamiento a todo lo que sabe del bosque, sus lugares sombríos, impenetrables; sus nidos espantosos, sus escondidos vericuetos, sus luces y resplandores siniestros, la ansiedad y el miedo que en su seno sobrecogen al corazón.

Sigfrido repara el mismo la temible Nothung, cosa que el experto Mime no pudo

Todo eso no tiene en Sigfrido otro efecto que el de maravillarle y llenarle de curiosidad. Para él el bosque es un lugar delicioso. Y tiene tantos deseos de conocer lo que es el miedo de Mime, como un colegial de saber lo que es una descarga eléctrica. Entonces Mime tiene la feliz idea de describirle a Fafner, como si fuera una persona capaz de producirle un verdadero y profundo espanto. Sigfrido aplaude la proposición y quiere ir a encontrarse con tal personaje inmediatamente; pide la espada y como Mime no ha podido recomponerla, declara que él mismo la compondrá. Mime mueve la cabeza, dudando de lo que dice, y le recuerda que por ser tan travieso y perezoso no quiso nunca aprender el oficio de herrero y forjador que le enseñaba él y ahora se encuentra con que no sabe cómo empezar siquiera para recomponer la espada. El procedimiento que emplea Sigfrido es sencillo y desconcertante. Hace resaltar, en efecto, que toda la ciencia académica de Mime no sirve para hacer decentemente una espada cuando ésta se rompe fuera de los casos establecidos. Dejando, pues, a un lado todas las reglas demostrativas del escandalizado profesor, toma una lima y en pocos momentos reduce a polvo los fragmentos de la espada, haciendo un montón de limaduras. Las pone luego en un crisol que arrima al fuego y se entrega a su labor con el entusiasmo y algaraza propia del anarquista en el momento de destruir el mundo para crearlo de nuevo. Cuando el acero está fundido, derretido, lo vierte en un molde y poco después surge la hoja de una tosca espada. Mime impresionado por el éxito de aquella violación de todas las reglas de su astucia profesional, alaba y elogia a Sigfrido como al más grande de los herreros, reconociéndose él mismo no ser más que su aprendiz y dice que no es digno más que de cocinero; y, en efecto, se dispone a prepararle un brebaje para envenenarlo, pues tiene la seguridad de que lo matará a él tan pronto como haya matado a Fafner. Entre tanto Sigfrido da forma acabada a su espada, con la lima y el martillo. La pule, la afila, y mientras trabaja entona canciones sin ningún sentido, como hacían antes las hijas del Rhin. Finalmente, con la nueva espada forjada, Nothung, pega un golpe en el yunque donde se han roto las espadas de Mime y lo parte en dos.

En lo más oscuro de la hora crepuscular, nos encontramos delante de la cueva o madriguera de Fafner. Allí encontramos a Alberico, hermano de Mime y dueño original del tesoro de los nibelungos, que no puede hacer otra cosa más que espiar al dragón y descorazonarse ante lo imposible de su anhelo que es poseer el oro y el anillo. El infeliz Fafner que antes era un gigante honesto tiene que verse reducido a un venenoso reptil sólo por el deseo de conservar sus riquezas. ¿Por qué no vuelve a ser el honesto gigante de antes y salirse de la caverna para respirar el aire libre, dejando el oro y el anillo para quien los quiera obtener por semejante precio? -tal es la pregunta que se le ocurriría hacer a cualquiera; a cualquiera, menos a un hombre civilizado que está demasiado hecho a semejante manía para sorprenderse ante ella.

Hecha ya la noche, el Viajero (wotan u odín) llega hasta Alberico y éste reconoce enseguida en aquél al que lo despojó de todo anteriormente y lo trata de ladrón sinvergüenza, haciéndole ver el resultado desesperado a que ha venido a parar con su sonado poderío, al que se aferra y sostiene, en un miedo incontenible, en toda clase de leyes y compromisos, todo lo cual, según dice Alberico muy acertadamente, se le iría de entre las manos como al arena si lo emplease en el verdadero sentido. Wotan, que sabe muy bien que, por mantener todo ese tinglado, ha tenido que matar a su propio hijo, harto claro comprende lo que el enano quiere decir, pero ya no se preocupa por eso, pues aborrece con todas sus fuerzas su propio poder que es de todo punto artificial, y espera con ansiedad el advenimiento del héroe, no ya como antes, para que lo consolide, sino para que lo destruya. Cuando Alberico, con su inquebrantable esperanza, lo habla de que aún espera derrotar a los dioses y apoderarse de anillo para gobernar el mundo a su antojo, Wotan se queda como si tal cosa. Al contrario, le dice que el hermano Mime se acerca con un héroe, respecto del cual la Divinidad no puede hacer nada en pro ni en contra. Le advierte que tiene que medir su suerte con él, sin que en ello intervengan para nada los dioses. Sugiere, no obstante, la idea de que es posible que, si Alberico advierte del peligro a Fafner, y le promete luchar con éste contra el héroe, el gigante le dará el anillo. Puestos de acuerdo, llaman al dragón que aparece rugiendo, pero burlándose de los temores de los otros y negándose rotundamente a lo que le proponen: él no quiere abandonar la maravilla que posee: -“La tengo -dice- y con ella me quedo. Dejadme dormir”.- Wotan, con sonrisa irónica, se vuelve hacia Alberico y le dice: -“Este golpe nos ha fallado. Pero no sigas maltratándome por eso. Una cosa tengo que decirte. Todas las cosas suceden según su naturaleza y no eres tú quien puede cambiar eso”. Y con esto, lo deja allí. Alberico, se queda furioso, pensando que su eterno enemigo se ha burlado de él y con acento profético exclama que la última palabra no la dirán los dioses. Llegan los primeros resplandores de la aurora y Alberico se hace a un lado escondiéndose en la penumbra. Se acerca su hermano Mime con Sigfrido.

Sigfrido, en la espera del temible guardián del tesoro, Fafner

Mime hace un último esfuerzo para asustar a Sigfrido hablándole del dragón en la forma más terrorífica posible, de su triple dentadura y sus fauces horribles, de su aliento venenoso, de su lengua afilada y de su cola enorme, larga, tajante como un cuchillo. A Sigfrido no le interesa nada de eso: sólo quiere saber si el dragón tiene corazón y si lo tiene donde los demás seres; sabido eso, él le clavará la espada Nothung en el mismo corazón. Como Mime le contesta afirmativamente, se queda más conforme y echa afuera al infeliz herrero. Luego, se tiende al pie de un árbol y escucha el canto de los pájaros al despuntar el día. Uno de esos parece que quisiera decirle algo, pero él no puede entenderlo. Y, después de intentar vanamente ponerse en comunicación con el pájaro con una flauta que él mismo se hace con una caña, decide entretenerse tocando en el cuerno de plata que lleva, pidiendo que le traiga una compañera amante como tienen todos los demás seres del bosque. Los sonidos del cuerno despiertan al dragón y a su vista Sigfrido se regocija por la compañera horrible que el pájaro le ha enviado. Fafner se escandaliza ante Mime; pierde aquél su continencia, lucha y, casi inmediatamente, con no poco asombro, muere a manos del mozo.

En tales hechos debemos ver el instinto de la Naturaleza dando una lección considerable. Cuando Sigfrido, sintiéndose quemar la mano por la sangre del dragón, se lleva a la boca y prueba aquella sangre, comprende repentinamente el canto de los pájaros y uno de éstos le dice donde están escondidos los tesoros que guardaba el dragón, así como también le sugiere que se bañe en la sangre de Fafner y que de esta manera se volverá invulnerable, sin embargo, una hoja cae en su espalda al momento de su baño de sangre dejando esa única parte de su cuerpo desprotegida. Y desaparece, en efecto, para ir a buscar en el oscuro agujero que era la madriguera de la fiera, el oro, el anillo y el yelmo encantado. Entonces vuelve Mime y tiene un furioso altercado con Alberico a propósito del reparto del botín que no han sabido tener seguro, hasta que sale Sigfrido de la madriguera, trayendo el yelmo y el anillo, sin preocuparse mucho del montón de oro y casi disgustado porque no ha aprendido todavía lo que es el miedo.

Sigfrido, prueba la sangre del Dragón y repentinamente comprende el canto de los pájaros

Pero, en cambio, ha aprendido, al fin, a comprender claramente los pensamientos de un infeliz como Mime, quien pensando confundirlo con toda clase de halagos y frases elogiosas, sólo consigue confesar sus propios deseos de matar a su ahijado. Este, toma la espada Nothung y asesina al pobre diablo que cae muerto, con gran satisfacción del otro. Alberico, ríe desde su escondrijo. Y volviendo a pensar en su ansiada compañera, se siente visiblemente preocupado. Después, vuelve a hablar con el pájaro de antes, quien le cuenta que en el pico de una montaña, rodeada de llamas, hay una mujer hermosa que será para el que no sienta miedo de nada, ni de atravesar el fuego. Sigfrido se yergue instantáneamente con todo el fuego de la primavera en sus venas y sigue el vuelo del pájaro que lo conduce hasta aquella montaña.

Al pie de la montaña aparece también el Viajero (Odín o Wotan), aproximándose a su ruina y destrucción. Llama en su ayuda a la Madre Primitiva que mora en lo más hondo de la tierra y le pide que le aconseje. Ella le contesta que para eso se dirija a las Parcas. Pero éstas no pueden serle útiles para nada: lo que él ansía es la presencia en el destino de la voluntad, en su perpetua lucha con esas Parcas -que no dan lugar a esperanza alguna- que tejen las mallas de los acontecimientos por entre los cuales se enredan los pies de los hombres. Entonces, Erda le responde: -“¿Y por qué no preguntas eso a la hija que yo te dí? El le refiere todo lo que tuvo que hacer y lo que a él mismo le costó el separarse de ella, aislándola del mundo con el fuego de Loge y privándose así de su consejo. En ese caso, la Madre Primitiva no puede ayudarle: esa separación significa la primera fase de su trabajo con la energía vital del mundo, en dirección hacia una más elevada organización de todo. Y no puede indicarle ninguna salida, ninguna manera de escapar a la destrucción que él prevé. Luego el Viajero, desde lo más íntimo de su ser, prorrumpe en una sincera confesión, diciendo que se alegra de su propia destrucción y de que tenga que desaparecer con todos sus reglamentos y alianzas y con su lanza-cetro que sólo ha esgrimido para matar a sus hijos más queridos, con su reinado, su poder y su gloria, a los que en adelante abandona definitivamente para siempre. Y con eso, despide a Erda, y la envía a dormir de nuevo en el fondo de la tierra, al punto que se va aproximando el pájaro del bosque que conduce al huérfano al término de su viaje.

La Valquiria Brunilda, hija de Odín

Es algo muy grande el triunfar con la victoria sobre el nuevo orden de cosas, dejando a un lado todo lo viejo y caduco; pero si se pertenece a lo viejo y lo caduco, no se lucha menos, aunque sólo sea por la vida. Es muy posible que en el ejército inglés que tomó parte en la batalla de Waterloo no hubiese un solo inglés lo suficientemente inteligente, como para no desear, por amor a su país y a su humanidad, que Napoleón derrotase a los soberanos aliados; pero ese mismo inglés hubiera matado a cualquier coracero francés, antes que dejarse matar por éste, y con tanta bravura como el más necio de los soldados que siempre está pronto para luchar exhortado todavía por la gente que sin saber nada de nada, traduce la ignorancia, la ferocidad y la locura del soldado, por patriotismo y cumplimiento del deber. La vida es también un error y entonces cae en el mal. Pero, con todo, ella reclama el derecho de matar de muerte natural y llegado el caso se opondrá con todas sus fuerzas -y en su propia defensa- contra la muerte por asesinato. Wotan se da cuenta de eso en el momento de encontrarse cara a cara con Sigfrido, que se queda parado, absorto, al pie de la montaña y echando de menos al pájaro que lo ha conducido allí y que ha ya desaparecido. Al encontrar al Viajero allí, le pregunta el camino que conduce a la montaña en la cual una mujer se halla durmiendo, rodeada de fuego. El Viajero le hace preguntas y por lo que contesta aquél conoce toda su historia, sintiendo una gran alegría paternal al oír que Sigfrido, mientras le cuenta el detalle de la refundición de la espada, manifiesta que todo lo que sabe de ese asunto es que los pedazos de la espada Nothung no le servirían de nada si con ellos no hacía otra espada que tuviera un empleo mucho mejor que al anterior. Pero el interés que en este relato muestra el Viajero, no es recíproco para Sigfrido. La majestad y la vieja y antigua dignidad de aquél, no significan nada para el joven anarquista quien, no deseando perder más tiempo en aquella charla, le pide que le enseñe el camino de la montaña, o que se calle de una vez.

Estas palabras lastiman un tanto a Wotan, quien contesta: -“Hay que tener paciencia, hijo mío. A los viejos hay que tratarlos con respeto”.- “¡Magnífica lección!” -contesta Sigfrido.- “Toda mi vida -agrega- me la he pasado pegado a un vejestorio, hasta que al fin he podido quitármelo de encima. Y contigo haré lo mismo si te cruzas en mi camino. ¿Por qué llevas tan inclinada el ala de tu sombrero? ¿Qué te ha pasado en ese ojo? ¿Te lo quitaron acaso por qué te cruzaste en el camino de alguien?” A eso Wotan contesta en forma alegórica diciendo que el ojo que le falta -el ojo que le costó su casamiento con Fricka- está viendo ahora a Sigfrido sin cabeza. Sigfrido al oír esto, lo toma por un loco y renueva sus violencias de lenguaje y sus amenazas. Entonces Wotan se despoja de su máscara del Viajero, enristra la espada símbolo de su poder sobre el mundo y reconcentra todo su divino temor y su grandeza al servicio de la guarda de la montaña alrededor de cuya cresta el fuego de Loge lanza ahora rojos resplandores que realzan la majestad del dios. Pero todo eso no significa nada para Sigfrido. -“¡Ah! -exclama al ver la lanza ante su pecho- por fin hallé al enemigo de mi padre!” y casi instantáneamente acomete con su espada y la lanza cae rota en dos pedazos, al chocar con Nothung. -“¡Sigue adelante! -exclama entonces Wotan.- No puedo detenerte” y eso diciendo desaparece eternamente de la vista del hombre. El fuego rodea por completo la montaña, pero Sigfrido se empeña en atravesarlo de la misma manera que forjó la espada y atravesó con ella el corazón del dragón; y se lanza, en efecto, a las llamas, tocando alegremente su cuerno de plata cuyos sonidos se confunden con el chisporroteo del fuego. Ni un solo cabello se quema. Esas espantosas llamas que por tantas centurias han impedido, por el miedo que producen, a la humanidad acercarse hasta la misma verdad, esas llamas no puede hacer parpadear ni a un niño. Atravezando sin temor alguno el fuego, Sigfrido llega a donde se encuentra la bella valquiria Brunilda, quien está tendida en un hermoso y paradisiaco prado verde. A su encuentro, Sigfrido la besa en los labios y la bela valquiria despierta para ver a su amado héroe, quien despreciando todos los peligros, ha venido a su rescate. Ambos se quedan viéndose contemplando el profundo y naciente amor que los llena de gozo. Sigfrido, deslumbrado por tanta belleza, tarda un poco en decirle su nombre y narrarle su historia, y al término de esta, se quita el anillo y lo coloca en la mano de su amada, símbolo de su amor eterno.


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